jueves, 14 de junio de 2012

Textos para 2º CS. FILA 1 Y 2

TEXTO  1:   " DETRÁS DE LOS PÁRPADOS"
               2:  " EL CRIMEN PERFECTO"


 “DETRÁS DE LOS PÁRPADOS

Cuento de CINTIA CAÑETE DE ESTAY (paraguaya)

 Parece que viene una tormenta.
Estaba parada en la galería de la casa con los pies descalzos. El cabello le flotaba salvaje sobre los hombros. En sus pupilas, se impregnaba el cielo rasgado de jirones de nubes que se arremolinaban furiosas y las ramas de los árboles que se doblaban bajo los nudillos del viento. No había quedado un solo trino de la algazara que duraba todo el día y los perros se habían metido a la cocina.
Sobre el alambrado que rodeaba la casa, vio la ropa que había lavado en la mañana y corrió a buscarla bajando la cabeza para proteger los ojos de la tierra que se levantaba. La piel curtida de sus manos no sentía los rasguños de los alambres que maliciosamente enganchaban las púas a las telas tratando de aprisionarlas. Cuando terminó de arrancarlas de las garras del cercado, formó un gran burujón entre sus brazos y apretó la nariz aspirando el olor a jabón de coco.
Es el olor que la traía de vuelta cuando estaba allá. Soñando.
O tal vez siempre estuvo soñando acá y allá despertó. Quién sabe.
El tiempo es una cosa extraña. Le encanta torcer rutas, dar vueltas, desteñir cabellos, dar razones, quitarlas y mostrar verdades. Como si en ese circunloquio inagotable desplegara su ejército de sádicos segundos para asegurar la majestad de su imperio.
Huyendo de las primeras gotas gordas que caían, entró a la pieza y depositó sobre la cama su carga para cerrar las puertas y dirigirse a la cocina.
Prendió el brasero y llenó la pava con agua del cántaro que estaba en el rincón. Iba a durar bastante la lluvia, lo sabía porque los perros se habían enroscado como para dormir una eternidad. De un clavo mal puesto en la pared descolgó una tira de cáscara de naranja seca y un poco de hojas de burrito de la rama que entraba por la ventana proveniente de la mata del patio, y las puso sobre la mesa. Mientras dejaba la pava sobre el fuego fue hasta la alacena enclenque y buscó la lata en donde guardaba la yerba. El mate de palo santo estaba al lado. Lo tomó y fue hasta la mesa.
Sentándose con un suspiro se dispuso a continuar el ritual.
Allá no había hojas de burrito, ni cáscaras de naranja. De hecho no existía ese limbo temporal en donde todo se acompasa para acompañar el tiempo ancestral del silencio.
Había ido de buena gana, seducida por las fantasías gloriosas de quienes volvían. Las manos curtidas y la espalda encorvada de su madre, por tantos años de lavar ropa de otros, la habían decidido.
Con algo parecido a la ternura partió en pedazos la tira de naranja colocando los trozos dentro del mate junto con las hojas de burrito que frotó entre los dedos antes de colocarlas en el fondo.
Se había despedido de su madre, sumida en un violento zollipo, y saliendo a la madrugada de sapos y grillos que se acababa en el hilo rojo del horizonte que empezaba a clarear, caminó hasta la parada donde pasaba el removido que la llevaría hasta Asunción sentándose con su valija nueva y los sueños, miedos y ansiedades anudándole las tripas.
Sobre el preparado de cascaritas y hojas vertió la yerba y se levantó llevando la silla cerca del brasero. Sacó la pava del fuego y mojó la yerba con un poco de agua tibia para colocar la bombilla. Cebó el primer mate y dejó que Santo Tomás le diera su aprobación perdiendo la mirada en la cortina de aguas lustrales que hacía del paisaje un aguafuerte enmarcado por la puerta.
El viaje en el removido la adormeció. Soñó que estaba en una cama que la quemaba. La despertó el grito del guarda:
-¡Terminal de Asunción!
Con el corazón golpeándole el esternón por lo vívido del sueño y el susto de haberse dormido, se levantó del asiento, buscó su valija y se metió de lleno en la marabunta de la estación para continuar su periplo.
Había llegado temprano al aeropuerto, dónde más podía ir. El papelito con las instrucciones que le dieron decía muy claro que luego de llegar a la terminal tenía que tomar otro colectivo que la dejaría en el aeropuerto. Se sentó en uno de los asientos del área de espera atrincherada tras su valija hasta que oyó los altavoces llamando al embarque.
Se cebó el segundo mate y solazó su alma en el vaho botánico que se desprendía. Era ese acto tan íntimo y silencioso el áncora de sus días. La que no era igual era ella.
El océano era el gran punto y aparte, es una cualidad del agua marcar inicios o finales. Mirando desde la ventanilla del avión esa inmensidad negra supo que no habría forma de volver a lo que dejó atrás. Siempre la vida es un saltar de letra en letra, saber colocar comas y dos puntos y reconocer cuando es necesario el punto final que nos tirará de bruces contra el papel en blanco, donde andaremos perdidos hasta visualizar la cola de alguna mayúscula que nos catapulte al siguiente capítulo.
Paredes desteñidas y una puerta. Un colchón en el piso con las sábanas revueltas, calientes. El olor acre de mil sudores la asfixia mientras llora con la discreción del que está solo en compañía. Esas lágrimas circunspectas que saben deslizarse en el silencio que quisiera ser un grito desgarrado y se retuerce en las costillas.
Fue hasta la mesa y prendió la radio que estaba encima. Un rumor monótono de cigarra daba las noticias. Volvió a su sitio junto al brasero continuando con aquel protocolo verde de agua y yerba.
Liberados de la opresión. Dignidad.
Las palabras salían de los parlantes, se metían en sus oídos y quedaban dando vueltas en su cabeza sin saber adónde ir. Uno de los perros se removió en sueños gimiendo. Tal vez algún recuerdo que revivía en la alucinación del letargo.
Caminar con la cabeza gacha y esconderse. Eso había aprendido. También a soportar las befas sin replicar y a tener miedo. Ese miedo que se va pegando en la piel como una lámina hasta hacerse carne y contaminar todos los pensamientos.
Habían rebañado su espíritu desde que puso los pies en aquella inmensa catedral de aviones. Uno tras otro los golpes.
- Muéstreme su pasaje de regreso
- ¿Para qué vino?
- ¿Dónde piensa quedarse?
- ¿Durante cuánto tiempo?
Y luego la calle, el frío y encontrar la dirección del lugar adonde va. Un edificio sucio, de pasillos mal iluminados, en un barrio de la periferia. La puerta, con el número que lleva anotado en su papel, se abre dejando escapar el hedor de los cuerpos hacinados.
En la cocina caldeada por el brasero, entibiaba las manos envolviendo el cáliz de palo santo en tanto el murmullo del locutor seguía zumbando desde la mesa un fárrago que le llegaba inconexo. Festejos. Emancipados. Doscientos años. Afuera, la lluvia seguía lavando los verdes. En la alacena guardaba una chipa que compró a Don Pascacio hacía unos días. Con una mueca se incorporó de su asiento. Seguramente fue esa cantidad que vino de la casa de Doña Adela que había recibido a la familia de Asunción, la misma que recogió del cercado. Avanzó friccionándose la cintura y rebuscó en la repisa. Volviendo a su lugar colocó la rosca endurecida para calentarla cerca del brasero.
No hubo bienvenidas. La que le abrió la puerta le mostró el colchón y se marchó. Miró el reloj que se había comprado y pensó que del otro lado del mundo estaría incendiándose el cielo en el carmín del atardecer y su madre estaría regando los jazmines y madreselvas del jardín.
La maleta quedó en un rincón y se acostó. Un recuerdo del futuro viboreaba en sus entrañas. Los estertores que salían de los bultos a su lado no la dejaban dormir. La que se había marchado había dejado las sábanas calientes.
Partió la chipa y se llevó un pedazo a la boca dejando que la mezcla del queso y el almidón funcionen. Tomó otro mate más mirando la lluvia que no acababa. Hoy no tendría que regar, pensó recordando que ya no estaba. No pudo despedirse. Había tomado su lugar y ahora era lo mismo que no había querido ser. La lágrima se desplomó de los diques de sus pestañas y resbaló en su rostro hasta mojar sus manos. Manos callosas, endurecidas de trabajo y de intemperie. Iguales a las de ella.
Cerró los ojos para aprisionar el agua salobre que empujaba desde el dolor. Buscó el pañuelo que tenía en su bolsillo y secó el surco que la gota había trazado. El olor a jabón de coco inundó su nariz. En la radio seguía la algarabía. Bicentenario de la Independencia.
Abrió los ojos.
Desapareció la tarde, la lluvia regando los jazmines, los perros, la alquimia de la yerba y el agua perfumada de bosque, el tiempo en silencio, el aroma de coco secado al sol y el locutor que festejaba doscientos años de libertad.
Libertad.
La realidad era el yugo de esa cama febril en donde los fantasmas se turnaban para soñar con sus vidas mientras morían encadenados.
No tenían papeles.
Todos tenían el mismo nombre.
Inmigrante ilegal.

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“EL CRIMEN PERFECTO”
GABRIEL CASACCIA (paraguayo)

Rufino Rosales, pequeño y enclenque, de aspecto enfermizo y débil, pero que en sus cuarenta años de vida jamás había tenido la más ligera indisposición, se detuvo frente a la cama de su mujer Zulema, y durante buen rato se la pasó mirando pensativo el lecho. Nadie, al ver esas sábanas blancas, sin una arruga, se hubiera imaginado el drama brutal y tremendo que esa noche se había desarrollado sobre ellas. Rufino estaba tan trastornado, que todo le parecía fruto de su imaginación exaltada. Todo aquello había sido como una pesadilla horripilante. Rufino creía vivir un sueño terrible y oscuro del que no había despertado aún. El rostro simple, más bien ingenuo de Rufino, se contrajo con una mueca de dolor y comenzó a sollozar despacio. Entre las lágrimas se miró con espanto sus manos huesudas y pequeñas, y creyó ver entre las uñas rastros de tierra. Asustado fue al baño a lavárselas apresuradamente. Alzó la cabeza y se miró en el espejo del lavatorio. Parecía trastornado. Su mujer Zulema era la única culpable. Ella con sus continuas infidelidades lo había arrastrado a este crimen. Durante dos años había vivido con esa idea fija en la cabeza, con ese pensamiento obsesionante de matarla. Y al final, esa noche, bien planeado el crimen, lo había llevado a cabo.

Fue interrumpido en su cavilar por el griterío y el ruido que hacían sus dos hijos, Alfonsín y Tomasito, en el cuarto vecino. Entró en la pieza, que estaba amueblada modestamente, con dos camitas, un armario, una mesa de luz y tres sillas, todos ellos pintados de celeste. Rufino se emocionó al recordar que esos muebles los había adquirido por poco precio la propia Zulema tres años atrás, de un matrimonio norteamericano que regresaba a su país.

-Déjense de jugar con las almohadas- les ordenó a sus hijos con tono imperioso, pero lleno de ternura.

Pero de pronto callóse asombrado de que pudiera pronunciar palabras tan naturales, tan cotidianas, como lo hacía todas las mañanas, en un momento tan grave y decisivo de su vida.

Alfonsín, que era el mayor de los dos, y que tendría alrededor de once años, saltó de la cama, y fue corriendo al dormitorio de sus padres. Volvió enseguida preguntando:

-¿Dónde está mamá?

-Salió... Va a tardar bastante en volver... -Salió- respondió Rufino turbado y dolorido. Y de golpe, en un movimiento brusco e imprevisto, agarró a Alfonsín y Tomasito entre sus brazos, y apretándolos muy fuerte contra su pecho, se puso a llorar.

-Hoy no van al colegio. Van a pasar el día en casa de tía Silvana. Hoy es un día triste para todos.

Y salió a la galería llamando a gritos a la sirvienta Graciana para que viniese a ayudar a vestir a los chicos.

Sobrecogióse sin saber por qué al oír a sus espaldas la voz de Alfonsín que le preguntaba si podía llevar la pelota a casa de su tía para jugar allí.

-Sí, llevá la pelota y también ropa para mudarte. Van a quedarse unos días con tía.

-¿Y mamá?- preguntó Alfonsín.

-No te preocupes por mamá. Ella los va a ir a buscar después.

Y acabado de decir esto, se dirigió al dormitorio. De pie ante la cama no se cansaba de mirarla con ojos absortos. Había hecho desaparecer una parte de su vida con la muerte de Zulema. Tal vez toda su vida porque se había acostumbrado a vivir a través de Zulema. Rufino no se explicaba de dónde pudo sacar valor para envolverle la cabeza con la toalla hasta que ya no respiró más. Recordó luego cómo antes de envolver su cuerpo en una sábana, le había colocado entre las manos el rosario y el devocionario. Pero en ningún momento le miró la cara. No se animó. Tuvo miedo. Y de repente se estremeció asaltado por una idea, la idea que acababa de ocurrírsele era audaz y subyugante, como para dejar sin habla al criminal más arriesgado e imaginativo. Sí, simularía estar medio loco. Es decir, no loco de remate, sino que se volvería un tipo medio raro, algo desequilibrado, como si la fuga de Zulema lo hubiese descentrado. Dos años planeando minuciosamente su crimen, armándolo pieza por pieza, y de súbito se le pasaba por la mente una idea que no se le había pasado antes en ningún momento. ¿Debía desistir entonces de su idea anterior y pensar lo contrario? Que los crímenes más perfectos son aquellos que se improvisan y resuelven sobre la marcha y no los preparados y previstos minuciosamente, con todos sus detalles.

Abrió la puerta y salió a la galería de la casa, que daba a un pequeño patio de baldosas al que seguía otro patio, pero de tierra, lleno de basuras y yuyos. Este patio formaba en uno de sus ángulos un recodo en forma de martillo. Hacia ese rincón se dirigió Rufino con gesto adusto y concentrado. De reojo observaba a la sirvienta Graciana, que seguía sus movimientos con mirada perpleja y curiosa. "Algo raro debo tener y por eso me mira así... Otras veces he venido a revolver este rincón y no le ha llamado la atención...".

Rufino se detuvo junto a ese rincón semioculto del patio. La tierra aparecía removida en una cierta extensión entre latas rotas y herrumbradas y botellas vacías. Ese rincón había servido desde años para depositar los desperdicios y toda clase de objetos inservibles. A quién se le hubiera ocurrido imaginar que allí, bajo esa tierra removida, entre esas botellas y latas viejas estaba el cuerpo de Zulema inerte, lívido, envuelto en una sábana a manera de sudario, con el libro de oraciones y el rosario entre las manos. ¡Quién podía imaginárselo! Ni el creador más fantástico y exigente en relatos policiales hubiera ideado algo parecido. Sintióse Rufino dominado, abrasado, por un sentimiento de fuerza y seguridad. Nadie podría descubrir su crimen. Iba a llegar un momento, estaba convencido de ello, y lo haría, ¡claro que lo haría!, en que podría clavar una cruz blanca en ese sitio, y contestar a los curiosos sorprendidos que le preguntasen su significado que la había colocado en memoria de Zulema, como demostración de que para él esa adúltera estaba bien muerta y sepultada. Todos interpretarían sus palabras como metáforas de un marido abandonado y desesperado.

Giró la cabeza y vio a sus dos hijitos, los que detenidos a su espalda, lo miraban con ojos de asombro como si presintiesen algo raro en el ambiente.

-Acérquense... No tengan miedo.

"¡Qué imprudencia! -pensó enseguida-. ¿Por qué debo decirles que no tengan miedo? ¿Miedo de quién? ¿De mí o del sitio? ¿De esta tumba improvisada?". Esto de enterrar en su propia casa a los deudos era algo que sólo podían hacerlo los reyes o los muy poderosos. Miró una pala que estaba apoyada no muy lejos, contra el muro del fondo, y se dijo que era peligroso dejar esa pala allí tan cerca del cuerpo del delito. Había que cambiarla de sitio por lo menos. Pero en vez de hacer lo que pensaba, bajó la cabeza sobre el pecho y pareció orar, aunque no podía asegurarse que orase. Lo que sí lloraba quedo, muy quedo, silenciosamente. "Era una hermosa mujer Zulema. Bien puta, pero hermosa. Para mí la más hermosa mujer que haya existido nunca".
-Vamos- les dijo a los chicos con acento lloroso.

"Ahora ¿qué hago? - se preguntó mirando fijamente delante de sí con esos ojos redondos y sin expresión, que lo asemejaban a un búho. Los pensamientos se le escapaban y dispersaban.

Estremecióse de pies a cabeza. "Ahora llega lo más difícil..., lo más difícil, pero esencial, y el necesario segundo acto de un crimen sin fisuras. Denunciar a la policía la desaparición de Zulema, su huida. Hacerle creer que me ha dejado. Después, me voy a casa de Silvana".

El comisario de policía, Ruperto Gutiérrez, antiguo vecino y conocido, lo recibió amablemente. Mientras Rufino le refería a grandes rasgos el abandono del hogar por su mujer (otro de sus axiomas del crimen perfecto era no perderse en detalles que al fin lo pierden a uno), Gutiérrez lo miraba con curiosidad, diciéndose: "Al final tenía que sucederle esto. Rufino ha sido desde que tuvo edad para eso un cornudo nato, un pobre infeliz. Zulema lo dejó cansada de engañarlo. Yo ya me esperaba esto".

-Y ¿a qué hora creés que se escapó?

Rufino vaciló un rato, pero pronto se repuso y contestó con seguridad:

-Debe haber abandonado la casa a la madrugada mientras yo dormía.

El comisario Gutiérrez le palmeó en la espalda con ademán de consuelo al tiempo que le decía que prepararía la denuncia, y que por la tarde pasase a firmarla. Lo animó a no perder la calma, a consolarse pensando que en el mundo había muchas mujeres.

-Pero no como Zulema. Era única-, exclamó Rufino con profundo convencimiento.

De la comisaría salió Rufino con la sensación de que era dueño de los hechos, y que los estaba manejando a su antojo. Desde ahora todo sucedería como él quisiese, conforme a su voluntad. Lanzada la policía en una dirección, seguiría ciegamente adelante por el camino que él le había señalado. La idea de que Zulema había abandonado el hogar sería para la policía como una especie de anteojeras que le impediría ver otros caminos.

Mientras volvía a casa para buscar a Alfonsín y Tomasito y llevarlos a casa de su hermana, Rufino se decía: "Este es el crimen perfecto porque es el crimen en línea recta. El crimen en zigzag o desordenado o en curva es el que la policía descubre, porque la policía tiene como premisa que los crímenes deben ser complicados y enredados y en ese sentido planea sus pesquisas. Por eso la manera mejor de despistarla es cometer el crimen sencillo, el rectilíneo, pasándoselo como quien dice por debajo de las narices".

Rufino entró en casa de su hermana sin llamar. Al verse frente a Silvana se arrojó en sus brazos llorando como un niño. Silvana se alarmó ante su aspecto de hombre abrumado por una gran desgracia.
-¿Qué te pasa?- le preguntó.

Pero antes de que su hermano le respondiera, les dijo a Alfonsín y Tomasito que se fueran a los fondos de la casa a jugar con su hija Catalina.

-Me he quedado solo. Es terrible..., terrible. Zulema me ha dejado, se ha ido.

Y sentándose en una silla le refirió a su hermana con abatimiento la supuesta fuga de Zulema.

-Resignate- dijo Silvana. -No has perdido nada. Zulema era una atorranta, una pe. Vos estabas ciego.

Pero con gran sorpresa de Silvana, Rufino le respondió que desde hacía dos años estaba enterado de las andanzas de Zulema, y que durante todo ese tiempo había seguido sus pasos uno por uno.

Muchas veces, mientras dormía a mi lado, sentía ganas de apretarle el cuello con estas manos -tendió hacia Silvana sus manos huesudas y temblorosas-, y luego también con estas mismas manos cavarle una sepultura en el patio de casa. Esta era la venganza que me prometía viéndola engañarme tan descaradamente.

Las últimas palabras las pronunció con un brillo cruel y feroz en los ojos, que alteraba su semblante.

- ¡Dios mío! ¡Te has vuelto loco! ¡Cómo se te pueden pasar por la cabeza semejantes horrores!- exclamó Silvana espantada de la cara que puso su hermano.

- ¡Loco! ¡Si con lo que me ha pasado es como para enloquecer! ¡Hubiera podido acogotarla! Estaba en todo mi derecho de matar a esa puta de Zulema. Pero la justicia, ciega a los grandes dolores humanos, no me hubiera reconocido ese derecho. Y sin embargo, era lo que se llama un crimen necesario y liberador, porque hay crímenes que te liberan.

-Ahora, que ya todo sucedió tenés que olvidarte de Zulema, como si estuviese muerta y enterrada, y pensar en otra cosa- le aconsejó Silvana.

-Claro que está muerta y enterrada..., bien enterrada. Estas no son palabras- respondió Rufino exultante. -Ella misma se ha buscado la muerte al engañarme, al burlarse de un hombre bueno y pacífico. Yo no la he enterrado, es ella misma la que se ha enterrado con su mala conducta. Y de pronto perdiendo su entusiasmo y exaltación de momentos antes cayó en una profunda tristeza y abatimiento. Silvana lo miró con sus pequeños ojos de miope, y vio que se había vuelto pálido, como si fuera a desmayarse.

-Decime, Silvana, ¿vos creés en el crimen perfecto?- le preguntó Rufino mirándola con ojos absortos, como si su pensamiento no estuviera en lo que decía.

-No quiero hablar de crímenes en este momento. Me da miedo- respondió Silvana con un ligero estremecimiento, como si de repente le hubiera dado un escalofrío. -Pensás demasiado en eso. No hay que pensar demasiado en una cosa, porque al final se termina haciéndola.

-Pero ¿creés o no?- insistió Rufino con tono seco y autoritario.

-No creo que haya un crimen perfecto. Siempre queda un hilo suelto por donde se descubre al criminal.

Rufino se levantó de la silla en que estaba sentado, y se acercó a su hermana hasta poner su cara muy cerca de la de ella. Silvana amedrentada echó hacia atrás la cabeza. El creía en el crimen perfecto. No bien acabó de decirle esto, volvió a sentarse. Después, le contó a Silvana que en los cientos de novelas policiales que había leído jamás había encontrado un crimen perfectamente ideado, que no se pudiera descubrir nunca. El, en cambio, había dado con el crimen perfecto. Eso comenzó cuando se enteró de que Zulema lo engañaba. Empezó a idear distintas formas de matarla sin dejar rastros. Desde hace dos años no pensaba sino en eso. Planeó infinitos crímenes, estudiados en sus menores detalles, pero al final tenía que desecharlos porque aparecía un pormenor impensado o insalvable, que era el hilo suelto de que hablaba su hermana. Luego de tanto cavilar y de ir renunciando a cientos de planes llegó a la conclusión de que el crimen perfecto sólo tiene dos formas. Una en que la víctima muere aparentemente de muerte natural, y otra, en que la víctima da la impresión de que ha huido o desaparecido por propia voluntad. Estas dos formas vuelven el crimen indescubrible.

-Yo lo tenía pensado todo..., todo- siguió diciendo Rufino. -Mi crimen estaba dentro de la segunda forma. Era perfecto, el de la línea recta. La ahogaría una noche mientras dormía tapándole la cara con una toalla, y luego la enterraría en el patio de casa... -. Al decir estas últimas palabras, Rufino se estremeció como si caminase al borde de un abismo, y estuviese a punto de resbalar.

Quedóse callado mientras se decía: "Atención. Estás a punto de cometer un error común en los criminales y que pierde a muchos. El criminal que se vanagloria y envanece de su delito contándolo. ¡Cuidado!". Levantó la cabeza y lanzó a su hermana una sonrisa medio burlona y ambigua. A Silvana le asustó esa sonrisa.

-Si yo hubiese querido la hubiera podido matar a Zulema y jamás la policía me hubiese descubierto. Y hasta me podría haber presentado ante la policía y gritar como lo hago con vos. "Sí, yo la he matado..., sí, yo la he matado con estas manos por puta"-. Y al terminar de hablar, se apretó la cabeza con ambas manos a la vez que se echaba a sollozar desesperadamente.

Dos meses después de esta visita a su hermana, el comisario Ruperto Gutiérrez lo mandó a llamar a Rufino para comunicarle una extraordinaria noticia. Zulema había aparecido en Buenos Aires. Según esta noticia, vivía en el barrio de La Boca.

-Creo que anda con Pantaleón Rodríguez- dijo Gutiérrez. -¿Te acordás de Pantaleón?

Rufino asintió con la cabeza a la vez que sonreía con escepticismo diciéndose: "La policía ha llegado al final de la línea recta trazada por mí. Ya nunca podrá descubrir mi crimen. De las dos formas del crimen perfecto, yo elegí la segunda, y ahora la policía lo perfecciona del todo, convirtiéndolo en una obra maestra creyendo que vive la víctima que aparentemente huyó o desapareció". Y a la vez que se hablaba así pensaba en aquel rincón del patio de su casa, que en esos dos meses se había ido cubriendo de hierbas.

-Me dijeron que clavaste una cruz en el fondo del patio de tu casa, y que le decís a los que te visitan que allí está Zulema. ¡Mirá que tenés cada cosa, Rufino!- comentó el comisario riéndose.

-Sí, la clavé. Y la pinté de blanco-, se limitó a responderle Rufino muy serio.

Volvió a casa convencido de que el crimen perfecto es el que menos parece un crimen. Pero a pesar de su convencimiento, Rufino quedó preocupado con la noticia que le dio el comisario Gutiérrez. Entró en el dormitorio y anduvo caminando por él largo rato mirando los distintos objetos que había en la pieza; pero se veía que su pensamiento estaba lejos de lo que parecía mirar con tanta atención. Varias veces se detuvo ante el ropero de Zulema. Extendió dos o tres veces la mano como para abrirlo y otras tantas la dejó caer. Hasta que al final, como si una fuerza superior a su voluntad lo empujase, lo abrió. Receloso y con un leve temblor en las manos revolvió uno de los cajones, y espantado sacó el devocionario y el rosario con los cuales creyó haber enterrado a Zulema dos meses atrás. "Entonces no se los había puesto entre las manos como pensé hacerlo", se dijo. Lo había olvidado. ¡Qué raro! Y él que estaba tan seguro de haber colocado ambos objetos bajo las manos inertes de Zulema.
 


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domingo, 20 de mayo de 2012

"108 y un quemado" 2º CB_ TRABAJO FINAL


CENTRO EDUCATIVO “MARÍA AUXILIADORA”
 

EXAMEN 1º etapa
TRABAJO PRÁCTICO
Disciplina: Literatura Castellana                   Profesora: Lic. Brígida Espínola                                                                      
Integrantes:* ----------------------------------------------------------------------------------------------
                     *-----------------------------------------------------------------------------------------------
                     *----------------------------------------------------------------------------------------------                                      2º CB         
GUÍA PARA ANÁLISIS DE LA OBRA TEATRAL
“108  y un quemado” de Agustín Núñez
Relee el texto luego realiza los siguientes ejercicios:
*En grupos de tres (3) integrantes.
*En carpeta creativa: 2P
*Escrito a computadora.
*Enviar al correo de la profesora para su corrección: lilianaespinola1@hotmail.com (8 días antes de la exposición)
 *El día de la exposición presentar el trabajo impreso.
*Debe contener: Introducción, desarrollo, conclusión y anexos.
TOTAL DE PUNTOS: _CARPETA: 31 puntos
                                   _EXPOSICIÓN: 9 puntos
1)    INVESTIGA:

1.1)       Nombres e imágenes(en anexo) de entes públicos que llevaron el nombre de General Stroessner.___2P
1.2)       Quién era un pyrague en épocas de la dictadura.____1P
1.3)       La letra y contenido (ideas) de una música de protesta en Paraguay, en épocas de la dictadura.____3P
1.4)       Lo que dice el Marco Rector de la Educación sobre la sexualidad.___2P
1.5)       Lo que dice la Biblia , en Levítico ( ver texto, págs.48-49) sobre la homosexualidad.____2P
1.6)       La grabación de un mensaje radial del ex - presidente Stroessner que fue emitido épocas de la dictadura; explica el mismo.____3P

2)    DESCRIBE : ____ 1P cada ejercicio
2.1)             Las discriminaciones que aparecen en la obra.
2.2)             La actitud de la señora Diana hacia su marido (como esposa). Indaga a tus mayores cómo se respetaba al hombre de la casa y qué diferencias notas en la actualidad.
2.3)             El miedo de Rubén como maestro de escuela.
2.4)             A las 108 personas sospechosas del asesinato.
2.5)             A Alberto cuando lo torturaron y en la entrevista en el año 2000.
2.6)             El por qué del título de la obra.

3)    OPINA:_____ 1P cada ejercicio
3.1) Sobre lo expresado por Alberto, (pág. 52) compáralo con ideas actuales.
3.2) Sobre la actitud de Lucía al denunciar a Alberto por su inclinación sexual.
3.3) Sobre la actitud del policía que torturó a Alberto.
3.4) Sobre el pensamiento del Señor Ismael. (pág. 78)
3.5) Las conclusiones de cada personaje, sobre la forma de pensar y vivir de los seres humanos en la actualidad. ( cap. “La cosa es de muchos”)
4)    COMPARA Y CONTRASTA EL CONTENIDO DE LA OBRA TEATRAL CON LA PELÍCULA  “ Las Brujas de Salen”, en un ensayo._______ 5P ( contenido coherente, contenido cohesivo, riqueza de ideas, ortografía, acentuación y estructura de un ensayo) 


EXPOSICIÓN (individual)
INDICADORES



Seguridad                                              1P




Conoce contenido                                1P




Se expresa con claridad                      1P




Se expresa con fluidez                        1P




Usa el tono de voz adecuado             1P




Ayuda en el proceso                           1P




Es puntual                                            1P




Usa materiales de apoyo                    1P




Está bien uniformado                         1P





2º BTC. TEXTO PARA EXAMEN 1º ETAPA 2012

"EL GUAJHU"   GABRIEL CASACCIA


EL GUAJHÚ (1)  de Gabriel Casaccia- paraguayo
 ** Barcino no había dejado de aullar durante toda la noche; era un aúllo lúgubre, espeluznante. Varias veces, Tomás Riquelme, que era de carácter violento y huraño, estuvo tentado de espantarle a pedradas. Pero un temor supersticioso lo contuvo. Y se resignó a soportar de mala gana aquel guajhú que, por momentos, en el silencio de la alta noche, semejaba voz lastimera de ser humano.
** Esos aullidos eran la forma con que Barcino manifestaba su dolor por la muerte de su dueño Ceferino, el hermano de Tomás. Ceferino había sido de índole muy distinta a la de Tomás. Su genio jovial y chancero le había granjeado la estima de todo Areguá. Siempre fue motivo de cavilaciones y comentarios en el pueblo el por qué ambos hermanos, que andaban constantemente juntos, tenían modos de ser tan ajenos. ¿A qué se debía ello? La causa era clara, pero los campesinos hechos a quedarse en la superficie de las cosas no inquirían más allá. Y en el fondo se hallaba la respuesta: Tomás y Ceferino no eran hijos del mismo padre. Sus amigos ignoraban que ambos hermanos eran copias vivas en el carácter el uno del padre del otro.
** Habían llegado con su madre a Areguá siendo muy niños, la que no había dejado ningún vestigio en ellos. Al hablar de los mismos apuntaban los vecinos y conocidos. -"Mba'evepe ndo yo-yoguai ñaimo'a oñu-hermano-y-va"- (2). Y en Areguá era proverbial decir, para subrayar la profunda diferencia entre dos objetos cualesquiera: son distintos como Tomás y Ceferino.
** Éste poseía el cabello rubio, casi pelirrojo, y era quebrado de color y de ojos claros, de mirar bondadoso. Su talla era más bien baja, y su físico desmirriado, enclenque, le habían llevado de continuo al rancho del curandero para mercarle yuyos medicinales. Tomás en cambio era de pelo azabachado, moreno, alto, fornido, de voz fuerte, no arredrándole ningún trabajo, por más rudo que fuera. En su comportamiento eran tanto o tal vez más desemejantes. Tomás se pasaba las noches de claro en claro en los almacenes del pueblo, cambiaba de mujeres a menudo y tenía varios hijos bastardos. El otro ni era mujeriego ni le gustaba emborracharse. Tomás odiaba a su hermano con odio sañudo y hondo. Ceferino, conociendo ese rencor, desvivíase por apaciguarlo, humillándose y obrando en todo como si tuviese la culpa del odio que despertaba en Tomás, cuyo aborrecimiento tanto más crecía cuanto más señales de sumisión recibía.
** Desde niño la aversión del uno se vio pagada con el amor del otro. Ambos sentimientos habían tenido la coyuntura de manifestarse muchas veces. En una ocasión, yendo de camino, al pasar junto a un hoyo profundo, Tomás sin pensarlo, como impulsado por una fuerza extraña, dio un empellón a Ceferino, echándole dentro, y allí lo dejó sordo a sus gritos y llamados de auxilio. Pero cuando dos días después, Tomás casi se ahoga nadando en el lago Ypacaraí, fue Ceferino quien lo socorrió y puso a salvo.
** Ceferino era mayor que Tomás; y contaría alrededor de dos años cuando su padre, a quien su mujer había abandonado, mató a puñaladas, por celos, al hombre con el cual ella había ido a vivir. Meses después ésta dio a luz a Tomás.
** Entre aquellos dos hombres había habido también diferencias profundas de físico y temperamento. El padre de Tomás fue un hombre enteco y pusilánime, y en vez, el padre de Ceferino, que falleció en la prisión, fue un campesino musculoso y fuerte.
** El odio que Tomás experimentaba por su hermano lo sintió avasallador y ciego hasta que la última palada de tierra cayó sobre su sepultura. Pero ni bien clavaron en ella una pequeña cruz de madera negra, trocóse su odio en piadoso enternecimiento y derramó lágrimas de sincera pena. Pero antes ¡no!; tuvo que desaparecer el ataúd bajo tierra para experimentar aquel nuevo sentimiento. Fue todo uno clavar aquella buena mujer la cruz en tierra y parecerle que con ella golpeaba en su corazón. Echóse sobre la tumba delante de los concurrentes, y lloró por Ceferino. Imarangatú eté jha oyejhá-y jhú etéva (3). Los asistentes quedaron sin saber qué pensar de esas muestras de desesperación. En el pueblo era conocido el aborrecimiento que sentía por su hermano y las vejaciones de que le había hecho víctima. La gente, pues, comenzó a preguntarse si esas señales de pesar no eran puro fingimiento. ¡No! Esas lágrimas eran sinceras, nacían de una aflicción que le abrumaba y aplastaba con su gran peso. Pero si en aquel momento, Ceferino hubiese vuelto al mundo de los vivos, seguro que en el corazón de Tomás hubiese resucitado súbito y violento el mismo rencor de antes.
** Barcino no aulló durante el velorio y entierro de Ceferino. Empezó a la vuelta de Tomás del cementerio, en cuanto se acercó al rancho. Tomás, que lo había dejado atado, lo soltó, creyendo que una vez libre dejaría de aullar. "Ndoguajhú veichéne" (4), se dijo Tomás, y no se preocupó más de él. Sin embargo, gran parte del día y durante la noche continuó aullando
** Al día siguiente, Tomás se distrajo cortando leña y, al anochecer, se fue al centro del pueblo, pues vivía a orillas del lago. Mientras iba caminando, una idea inesperada, rápida, se le clavó en la mente, como un dardo, que le hubiesen disparado desde las malezas vecinas: él tenía la culpa de la muerte de Ceferino. Claro que no había cometido ningún delito. Sin embargo, en lo hondo sentíase tan culpable como si le hubiese dado muerte por su mano. Esta extraña idea despertó en su ánimo penoso desasosiego. Con su rencor había matado a su hermano; ese odio grande e irreductible de todos los días, de todas las horas, de todos los minutos, había ido estrangulando paso a paso su vida. De este sentimiento de culpabilidad bastante oscuro, Tomás no tenía una idea muy clara. Lo sentía. Al cruzar la vía del ferrocarril, cuando más atormentado iba con su idea, llegó hasta él, rompiendo el silencio del manso atardecer, con una nitidez que le produjo escalofríos, el largo aullido de Barcino. Tomás volvió con presteza la cara contraída por el pánico, creyendo que lo había seguido. Nada. A sus espaldas extendíase el camino desierto, con el lago al fondo. Un gran azoramiento y un miedo pueril se apoderaron de él. Comenzó a lanzar recelosas miradas a su alrededor receloso de que Barcino apareciese y le saltara al cuello. Recordó entonces que nunca se le había ocurrido hacerle un mimo, una caricia y, por el contrario, dos o tres veces le castigó con dureza, como si su rencor hacia su hermano se lo transmitiese al perro. Barcino le pagó siempre su frialdad y desapego ya huyendo, ya latiendo enfurecido al verle. Con Ceferino en cambio se pasaba el día jugando y retozando a su lado. Se revolcaban ambos en la yerba como si Ceferino fuese otro perro. "Agui-riré na che aña veichémane: añejhaáne agayjhú la yaguá-pe" (5) decíase Tomás en tanto continuaba su camino embebido en los planes que pondría en ejecución al día siguiente para atraerse la simpatía del "yaguá" (6). En esto, al pasar junto a la casa de Ña Taní, subiendo la cuesta hacia "la loma", un perro ladrando saltó desde dentro contra la torcida y tambaleante empalizada de madera. Tan grande fue el espanto y la emoción de Tomás, que dio un salto hasta el medio de la calle y trastrabillando entre las piedras, terminó por caer de bruces. "¡-Añá membyré!-" bramó al mismo tiempo que se levantaba. Y agregó: -¡Yaguá yeby-mavaerá! (7). El, por lo común tan esforzado, tan decidido y desaprensivo, sentía que iba perdiendo fuerzas en esa lucha a brazo partido contra su propio temor. A ratos, se le metían en el ánimo vehementes deseos de huir de Areguá y de todo lo que le traía recuerdos de su hermano y de Barcino. Repuesto del susto de momentos antes, ya en "la loma", cerca de la iglesia, oyó de nuevo, distintamente, el maldito aullido. Parecía salir de detrás de la iglesia. Dio una vuelta alrededor de ésta rápidamente, casi a la carrera, y quedóse sorprendido de no hallar nada.
** Comenzó a creer que ese aullido era creación de su fantasía. Desde que volviera del cementerio había estado horadándole los oídos, clavándosele en el cerebro, aguijoneándole el corazón. Por momentos, se volvía casi humano. Apenas podía pensar, la cabeza le daba vueltas, como si fuera a desvanecerse. Allí enfrente estaban el almacén y peluquería de Cardozo, ostentando un aviso con letras desparejas y torcidas, que anunciaba "Secorta el cavello y se bende caña". Entró. Era ya numerosa la concurrencia de parroquianos, los cuales recibieron a Tomás con demostraciones amistosas, invitándole a beber.
** Una hora después, completamente borracho, perdido el miedo, sin acordarse de Barcino y sus aullidos, Tomás comenzó a volverse locuaz, a decir chistes y a recobrar su antiguo aplomo y desfachatez. Entre risotadas y bromas de los amigos, aunque a medida que avanzaba en el relato, todos iban quedándose serios, contó con mucha soltura que, con una barrena, le había hecho dos o tres agujeritos a la canoa de su hermano, el cual recién en medio del lago había advertido que hacía agua. Añadió que él desde la orilla había oído sus gritos de socorro, y presenciado el hundimiento de la canoa, así como los esfuerzos que hiciera para salvarse. De repente callóse sobresaltado y de un salto se asomó a la puerta. Escrutó con mirada ávida las sombras de la noche. Nada. Los concurrentes se hallaban inquietos por ese cuento del hundimiento de la canoa y esos movimientos imprevistos. Con mirada de extravío, Tomás volvió a su sitio; y luego, confesó en voz baja que lo que había relatado era "Yapurei" (8). Todo eso se le había ocurrido muchas veces, y hasta en dos ocasiones comenzó a hacerlo; pero sin saber por qué postergó su ejecución. Sin embargo, ya nadie le creyó. Viendo la duda en todos aquellos ojillos llenos de caña, puso como prueba las palabras del curandero del pueblo, quien opinó que Ceferino murió de disentería. Pero ya era tarde. Nadie le quitaba de la cabeza a algunos de los presentes que Tomás había matado a su hermano. De pronto, agarrando a uno de los circunstantes del brazo, le dijo con voz mate:
** -¿Rejhendú-pa?- (9).
** Había vuelto a oír el plañido de Barcino. Volvió a imaginarse que ese aúllo que por momentos semejaba voz humana doliente era obra de su mente alterada por el temor. Esto le trajo alivio por un rato. Aproximóse a la puerta y echó una mirada fuera para constatar que sólo tenía que enfrentarse con su imaginación. Era una noche clara de estrellas, y toda la plazoleta se veía envuelta en el embrujo de una blancura estelar. Tomás volvióse azorado, y tornó a preguntar esta vez a todos los presentes:
** -¿Pejhendú-pa? (10).
** Respondieron a una que no habían oído nada al mismo tiempo que lo observaban con sorpresa y curiosidad. En el semblante de Tomás se traslucían el temor y la angustia. Pero tras beberse medio vaso de "guaripola" (11) se serenó pensando que todo eran ideas y miedo producidos por la caña.
** Cuando salió del almacén, Tomás apenas podía tenerse en pie. Tambaleándose. Gritaba a voz en cuello que no le tenía miedo a Barcino ni a nadie y lanzaba ¡hurras! al partido colorado.
** Al cruzar la vía del ferrocarril tropezó y cayó al suelo cuan largo era. Quedóse allí durmiendo la mona y babeando.
** El sol estaba ya alto cuando despertó. Sentía la cabeza entorpecida y pesada. Desde lejos, en cuanto lo vio, Barcino comenzó a aullar. Un estremecimiento de rabia, de impotencia se apoderó de Tomás. Algo había que hacer pues con aquel animal siempre aullando, el vivir se le iba volviendo un infierno.
** Toda la mañana se la pasó sentado en un catre tomando "tereré" (12). Al principio pensó ahogarlo en el lago; pero de pronto rechazó este recurso, sintiéndose sin fuerzas para llevarlo a cabo, porque a Tomás le angustiaba la idea que terminar con Barcino era lo mismo que cumplir, ¡por fin!, ese oscuro deseo que había sentido tantas veces de matar a Ceferino ahogándole. Por último, luego de largo cavilar, resolvió librarse del perro y del tormento de sus aullidos llevándole de allí a la Isla Valle, un lugar cercano a Areguá.
** A la siesta, ató al cuello de Barcino un tucumbó-poí (13) y partió con él. Flaco, hundido de ijares, de color blanco sucio, Barcino le seguía sumiso con su andar ondulante y desgarbado. Tenía la humildad y fealdad de Ceferino. Antes de alcanzar las primeras casuchas de Isla Valle, Tomás se salió del camino y entróse por entre una enmarañada espesura y yuyos bravíos, y, en lo más cerrado, ató el perro a un árbol. Barcino seguía todos sus movimientos con mirada cansina y apagada, como si fuese a otro y no a él a quien estaban atando. Tomás hacía todo eso nervioso, rápidamente, con gesto de hosquedad y sin atreverse a mirar de frente al perro. Tenía el terrible presentimiento de que si sus ojos se encontraban con la mirada humilde de Barcino vería en lugar de ella la igualmente humilde de Ceferino. Sus manos movíanse torpes y temblorosas, le flaqueaban las rodillas, enseñoreábase de su espíritu el pánico, la angustia, un sentimiento indefinible, mezcla de congoja y temor. Y tan insufrible se le volvió que, sin aguardar más, salió huyendo de entre aquellas espesuras.
** Marchó a prisa, hundiendo sus pies de plantas rugosas, en las cálidas arenas del camino. Por todos lados extendíase un silencio luminoso y caliente. El camino, los matorrales, los árboles, los montes, todo habíase quedado silencioso, amodorrado en el bochorno de la tarde. El paisaje entero sesteaba. Tomás no sentía el calor agobiante del sol, ni el fuego de la arena bajo sus pies, ni la fatiga del camino, sólo sentía un vacío y decaimiento del ánimo, como si le faltase algo, algo que no conseguía determinar; pero ello no impedía que continuase adelante, rápido con andar febril, como si alguien le persiguiese. Sudoroso y jadeante, arribó al pueblo. Fuese directamente al almacén de Cardozo. Allí se hizo servir un vaso de guaripola y, poco a poco, fue bebiéndoselo. A medida que los vapores alcohólicos se le iban subiendo a la cabeza, embebíase de una blanda ternura por Barcino, arrepentido de haberle dejado allí solo, expuesto a morir de sed o de hambre, o a caer en manos del primero que le descubriese. Al fin y al cabo, no le había hecho otro mal que aullar y aullar. Sí, pero aquel aúllo se prolongaba por todos los ámbitos del campo, le ensordecía y despertaba, sobre todo, el recuerdo de sus pensamientos criminales. "Y, ¿si hubiese dejado de aullar"?, pensó vagamente en medio de la bruma que le envolvía el cerebro. De pronto, tomó con ímpetu el vaso, bebió de un trago el resto de su contenido y salió afuera con ademán violento.
** Poco después, Tomás llegaba nuevamente al sitio en que atara a Barcino; pero ahí vio, con mezcla de asombro y miedo, que el perro había desaparecido. Quedóse paralizado por el temor. Tendió el oído y se puso a escuchar con suma atención por si alcanzaba a percibir algo. Estúvose quieto por largo rato. No oyó nada, sólo le pareció estar más cerca del silencio. Sintióse solo, abandonado, falto de ánimos. Una fuerte sensación de ansiedad comenzó a oprimirle el pecho. Ahogábase. Aquella maraña y confusión de hojas y ramas parecía moverse, avanzar hacia él. Rompió por entre la tupida espesura con los ojos cerrados y con las manos extendidas hacia adelante. Al salir al camino tenía la cara y las manos cubiertas de rasguños y la camisa y el pantalón con grandes desgarrones. Respiró con afán. Su pecho bajó y subió varias veces con amplio movimiento. Pero no se curó de aquel ahogo que le nacía de adentro y allí quedaba. Empezó a llamar a gritos: ¡Barcino! ¡Barcino! Le respondió, como un eco, el guajhú quejumbroso del perro. Entonces, atento e inmóvil, permaneció en mitad del camino. A medida que transcurría el tiempo, su desesperación aumentaba. Volvió a lanzar a Barcino un grito prolongado y, al escuchar su propio grito, asustóse, pues lo oyó como un aullido. Corrió de aquí para allá llamándolo, haciendo bocina con las manos. Y de todas partes brotaron aullidos. Empavorecido, extraviado por el temor, mientras a sus espaldas seguían los aullidos cada vez más próximos. A la vista de las primeras casas cesaron aquéllos, como por ensalmo, y con ello una cierta tranquilidad penetró en el ánimo atormentado de Tomás. Esa noche se quedó a dormir en el pueblo, en casa de un amigo, no atreviéndose a ir a su rancho.
** A la mañana siguiente, Tomás se levantó muy de madrugada, con la idea de llegar hasta su rancho, liar sus cosas y marcharse de Areguá. A pesar de las conmociones experimentadas, a pesar de la fatiga y del deseo de descansar con que se echó en la cama, había tenido un sueño tan ligero y tan poblado de negras pesadillas, que, cuando se levantó, sentíase más fatigado y débil que antes de acostarse. Aparecía con el rostro demacrado, con profundas ojeras, y sintiendo un dolor agudo en los oídos como consecuencia del aúllo penetrante que oyó durante toda la noche. Hubo un momento, en su dormitar inquieto, en que se despertó bañado de sudor, luchando contra el yaguá que, echado sobre él y latiendo furioso, buscaba clavarle los dientes en la garganta. Al palparse el rostro y la garganta y sentir las manos mojadas se asustó, creyendo fuera sangre. Pero pronto dióse cuenta de que lo que había tomado por sangre era su propio sudor. Tomás se encaminó al rancho. Le con-turbaba la idea de lo que iría a encontrar allí, y sólo con gran esfuerzo de voluntad pudo seguir adelante. A cada momento se paraba con el propósito de volverse; pero lo animaba a seguir una extraña curiosidad de saber si se encontraría con Barcino. Y allí estaba Barcino, sentado sobre sus cuartos traseros, delante del rancho, con la dócil mirada puesta en el camino, como si lo estuviera aguardando. No bien sintió sus pasos alzó el hocico al cielo y se puso a dar aullidos desgarradores. Tomás se detuvo de golpe con el rostro alterado por el temor, luchando entre el deseo de salir huyendo y el de quedarse, para enfrentar, de una vez por todas a Barcino y su propio miedo. De pronto, un fulgor le iluminó la mirada, fue algo así como un entendimiento de calentura; y con los labios apretados, como si reuniese todas sus fuerzas, entróse en el rancho. Poco después salía trayendo una cuerda y, aproximándose con temor al perro, como si fuese a saltarle a la garganta, recordando su pesadilla de la noche, le echó la cuerda al cuello. Barcino no se resistió, como tampoco cuando Tomás lo arrastró hasta la orilla del lago y lo hizo saltar dentro de un bote, el mismo que en su imaginación agujereara con una barrena. Colocó la "pala ancha" (14) y, metiéndose en el agua, sin arremangarse los pantalones, comenzó a empujar el bote. Realizaba todos estos actos maquinalmente y sin que por un instante desapareciese de sus ojos esa brillantez afiebrada que de pronto habían adquirido. Se movía como un sonámbulo. Cuando la quilla del bote se hubo despegado del fondo pegajoso de lodo, Tomás apoyó los brazos en la borda, y, con una ligera flexión, trepó dentro. Sentóse en la popa, desde donde comenzó a bogar, echando la pala, ya a derecha, ya a izquierda. Barcino había ido a acostarse en la proa, desde donde posaba en Tomás una mirada llena de humildosa docilidad. ¡Quién sabe lo que hubiera pasado por el alma de Tomás si en ese momento hubiese bajado la vista, al encontrarse con la extraordinaria expresión de ternura, de ser racional, que había tomado la mirada del perro! Pero Tomás, bien por miedo o bien por no desmayar en sus propósitos, mantenía la cabeza erguida, con la mirada fija delante de sí.
** El sol asomaba en el horizonte; y el lago, frío y de un azul oscuro en toda su extensión, comenzaba a llenarse de grandes lamparones de claridad. A poco, la luz que daba de frente a Tomás le encandiló, borrando dar como antes. Con ademán brusco, abandonando la fortaleza y la dureza de su determinación iban derritiéndose como blanda cera, en medio de esos cálidos fulgores. Le asustó el pensamiento de que podía arrepentirse, comprendiendo que de esa manera todo volvería a quedar como antes. Con ademán brusco, abandonando la pala, que cayó al agua, se aproximó al perro. El bote balanceóse, y Tomás tuvo que inclinarse un poco y echarse hacia un lado para no caer. Con los ojos cerrados, temblando, tendió las manos para agarrar al perro, retirándolas a su contacto, rápidamente, como si las hubiera puesto en una brasa. Volvió a extenderlas, y al tocar de nuevo aquella pelambre áspera, se le erizó la piel, apoderándose de todos sus miembros un temblor convulso. A duras penas consiguió empujar a Barcino por la borda. Alcanzó a oír el ruido del agua al recibir el cuerpo del perro. Después, una nube le pasó por los ojos y ya no sintió nada.
** Cuando recobró el conocimiento hallóse tendido en el fondo del bote. Un hilillo de sangre, manándole de una herida que se había hecho en la cabeza al caer, iba enrojeciendo el agua que cubría el piso del bote. Abrió los ojos; pero no movió ni los brazos ni las piernas. Hasta él no llegaba el más ligero ruido. A su alrededor se extendía un silencio hondo, majestuoso. Encima de su cabeza, el azul del cielo. ¡Qué paz inmensa la que penetraba en su espíritu! ¡Cuánto goce en aquel descanso en medio de la soledad! Sentía correr por sus mejillas aquel hilito de sangre, y luego, a intervalos regulares, el ruido que hacía una gotita al caer en el agua del bote. ¿Cuánto tiempo duraría aquel dulce letargo de los sentidos, aquella muerte del pensamiento, de los músculos? De pronto, su memoria llenóse de claridad. ¡Barcino! ¡El agua! Y mientras los ojos de Tomás entornábanse, como si la luz del recuerdo le resultara demasiado fuerte, hasta sus oídos llegaban, de todas partes, aúllos lastimeros, como si todo el horizonte fuese un horizonte de aullidos. Pero, cosa asombrosa, Tomás esta vez no sintió inquietud ninguna.